Gilles de Rais: "Barba Azul"



"Gilles de Rais personificaba la grandeza religiosa de los malditos; la inteligencia como enfermedad, la enfermedad como inteligencia, el tipo de afligido y poseído en el que lo santo y lo criminal se aúnan".
Thomas Mann


La Guerra de los Cien Años era una época de sospechas, de conjuras, de creencias en los poderes oscuros de los demonios; una época gobernada por la omnipotencia de la Iglesia Católica, una época de esperanza en la alquimia y en la geomancia, una época en la que imperaba un terror paralizante en torno a la muerte y se intentaba desesperadamente escapar de sus garras. Fue en aquellos tiempos tenebrosos cuando el 10 de septiembre de 1404 nació Gilles de Montmorency-Laval, baron de Rais, en la Torre Negra del castillo de Champtocé, a orillas del río Loira en la región de Bretaña. Fue el primogénito de uno de los grandes linajes de Francia y hermano de René de Susset, nacido en 1407, con el cual estuvo muy unido en su infancia. A los nueve años, su padre fue embestido por un jabalí herido durante una cacería. El animal le clavó los largos colmillos en el vientre, eviscerándolo. Aunque lo llevaron rápidamente al castillo, el padre de Gilles murió entre atroces dolores. El pequeño contempló toda la escena: su padre se desangraba, con las entrañas esparcidas sobre la cama. Esta visión terrible marcaría toda su vida. Su madre murió poco después. Gilles y su hermano quedaron bajo la tutela del abuelo materno, Jean de Craon, un déspota que gozaba al castigar cruelmente a sus vasallos. Inculcó a sus nietos la soberbia, el abuso del poder y el desprecio hacia la vida humana. Al principio, su abuelo no prestó mucha atención a Gilles, dedicándole más tiempo a su hermano. Gilles se refugió en la inmensa biblioteca del castillo Craon, donde leyó con pasión La vida de los doce Césares de Suetonio. Este libro lo marcó profundamente; Gilles siempre admiraría las vidas y hazañas de Julio César y los primeros emperadores romanos. Sus favoritos fueron Tiberio, Calígula y Nerón. Según declararía el propio Gilles durante sus juicios, en su infancia y adolescencia no tuvo “ningún gobierno de su abuelo” e hizo siempre todo lo que quiso, moviéndose por impulsos violentos la mayoría de veces.



El blasón de Gilles de Rais


A los catorce años, su abuelo le regaló una armadura italiana y fue proclamado caballero. Aprendió el manejo de la espada y comenzó también su afición por torturar animales. A los quince años, retó a duelo a su amigo Antoin, hijo de una humilde familia. Presa del frenesí, Gilles le dio un fuerte golpe con la espada a su amigo en el cuello. Antoin cayó al piso, herido; tenía el cuello abierto y Gilles se quedó mirándolo, fascinado, mientras se desangraba. Fue su primer asesinato. Dado que era un noble, no fue condenado y la familia tuvo que aceptar una pequeña indemnización económica. Gilles de Rais se alistó en el ejército, pues deseaba experimentar el placer de los combates. Gilles quedó bajo las órdenes de Juan V, Duque de Bretaña. Luchó siempre con enorme valor y parecía no temerle a la muerte. Sus compañeros de armas lo admiraban porque peleaba como un poseído; decían que los demonios guiaban sus movimientos. Gilles de Rais gustaba de cortar cabezas con su espada y su armadura terminaba siempre llena de costras de sangre.



Representación de Gilles de Rais durante la batalla


Al regresar al castillo de su abuelo, se casó con su prima Catherine de Thouarscon, de quince años de edad, quien pertenecía a una casa nobiliaria bretona. Se casó con ella el 24 de abril de 1422. Gilles tenía apenas diecisiete años. Los Thouars poseían varias propiedades que, juntos con los de Rais-Laval, harían de su unión la más rica y potente de Francia. Pero la familia de Catherine no aprobó el casamiento y rechazó unir las propiedades. Gilles de Rais hizo raptar entonces a su suegra y la encerró en un castillo, sin darle de comer, hasta que le cedió los castillos de Pauzauges y Tiffauges. Siete años después de casarse, en 1429, nació Marie, la hija de Gilles. Pero Catherine abandonó a su esposo al poco tiempo, y él nunca hizo gran cosa por recuperar a su esposa y a su hija. Gilles se unió entonces a Carlos VII para combatir contra los ingleses y sus aliados de Borgoña. Lo reclutó Georges La Tremoille, quien sabía ya de la capacidad guerrera de Gilles, quien arrastraba a los soldados en las batallas.



Carlos VII


En 1429, Gilles conoció a Juana de Arco. Se quedó fascinado por lo que revelaban las voces que ella escuchaba; también quedó prendado de su belleza. Sus declaraciones en el juicio que ocurrió años después son reveladores: “Cuando la vi por primera vez parecía una llama blanca. Fue en Chinon, al atardecer, el 23 de febrero de 1429. Desde el principio fui su amigo, su campeón. En el momento en que entró en aquella sala, un estigma maligno escapó de mi alma y ante el escepticismo del Delfín y la Corte, yo persistí en creer en su misión divina. En presencia de ella y por ese breve lapso, yo iba en compañía de Dios y mataba por Dios. Al sentir mi voluntad incorporada a la suya, mi inquietud desapareció”.



Juana de Arco: “La Doncella de Orleans”


Carlos VII entregó un pequeño ejército a Gilles y a la esquizofrénica Juana de Arco para liberar Orleans del asedio inglés. Curiosamente, esa tropa era conducida por dos enfermos mentales: una de ellas se obsesionaría hasta la muerte con Dios y sería convertida en Santa; el otro se entregaría a los excesos del satanismo y su nombre sería sinónimo de la maldad. En sólo ocho días las fuerzas francesas lograron levantar un sitio que duraba ya varios meses. Entraron triunfales en la ciudad y todos los veían como los salvadores de Francia. Poco después, Gilles contribuyó en las victorias francesas de Jargeau y Patay.



Gilles nunca se separaba de Juana de Arco y llegó a decir durante las campañas que ella era Dios y que si debía de matar ingleses por su mandato, así lo haría. Se convirtió en su escolta y protector salvándola en varias ocasiones en los fragores de las batallas, como en el ataque a París a finales de 1429: hombro con hombro, Juana de Arco y Gilles de Rais atacaron la ciudad. Pese a las matanzas y crueldades de la guerra, Gilles se sentía desarrollado espiritualmente, ya que estaba inspirado por la fe de Juana. Todas las mañanas comulgaba y rezaba junto con ella.



El Demonio y la Santa: Gilles de Rais junto a Juana de Arco, retrato de dos esquizofrénicos


El mismo año de 1429, Gilles de Rais fue proclamado Mariscal de Francia con tan sólo veinticinco años: nunca en la historia de Francia había ocurrido algo así. Amasó además una inmensa fortuna y adoptó la flor de lis en su escudo de armas. Carlos VII fue proclamado rey el 17 de julio en la Catedral de Reims y Juana de Arco dijo que deseaba volver a su pueblo, ya que había cumplido su misión.



En las ocasiones en que Gilles de Rais cabalgaba hasta la ciudad, lo hacía a lomos de un caballo engalanado con joyas y ornamentos, a la cabeza de una guardia real de doscientos soldados a los que daba empleo. Un coro de niños de voces angelicales, integrado por los púberes más bellos y educados en la escuela de música del propio Gilles, cantaba sus alabanzas, también a lomos de sus caballos. Escribía obras teatrales en las que él era el protagonista sobre un trasfondo de espléndidos decorados, y ofrecía presentes y fiestas a quienes lo adoraban.



Ocurrió entonces otro hecho que lo marcó: la captura y condena a muerte en la hoguera de Juana de Arco el 31 de mayo de 1431. Muchas versiones sostienen que intentó rescatarla contratando un pequeño ejército de mercenarios. Tras la ejecución de “La Doncella de Orleans”, Gilles acusó públicamente a Carlos VII de su muerte y lloró amargamente ante las cenizas de Juana. Gilles de Rais sintió que todo había acabado; la pureza y la santidad habían muerto con ella. Su última acción bélica fue en la batalla de Lagny en agosto de 1432, saliendo victorioso.



La ejecución de Juana de Arco


Su fortuna vaciló; pidió prestado, hipotecó sus propiedades y vendió algunos de los ricos ornamentos de sus castillos. Un memorial que los herederos de Gilles dirigieron al rey, revela que aquella inmensa fortuna se acabó en menos de ocho años. Un día fueron los señoríos de Confoolens, de Chabannes, de Cheaumorant, de Lombert los que se cedieron a un capitán de armas por un bajo precio; otro fue el feudo de Fontaine Milon; las tierras de Grattecuisse que compró el Obispo de Angers, la fortaleza de Saint-Etienne de Mer-Morte, que adquirió Guillaume Le Ferron, por un pedazo de pan; otro día fue el castillo de Blaison y de Chemillé que un tal Guillaume de la Jumeliere obtuvo por una cantidad que nunca pagó.



Asustada por sus locuras, la familia del mariscal suplicó al rey que interviniera y en 1436 Carlos VII, “seguro de lo mal que gobernaba el señor de Rais”, le prohibió en su gran Consejo y por cartas fechadas en Amboise, vender o enajenar ninguna fortaleza, ningún castillo, ninguna tierra. Esta orden apresuró la ruina. Nadie se atrevió ya a comprar los dominios del mariscal por miedo a excitar la cólera del rey. Esto motivó el enojo de Gilles de Rais contra su familia, y decidió no ocuparse más durante su vida ni de su mujer, ni de su hija, a las que recluyó en el lejano Castillo de Pouzauges. Se retiró de la vida militar tras la caída en desgracia de su protector. Perdió su condición de mariscal y se refugió en sus posesiones de la Bretaña francesa.



Estaba amargado y desencantado de la guerra; las batallas lo habían dejado exhausto y además, una soledad profunda lo invadía. La Guerra de los Cien Años había terminado y De Rais languidecía. Pasaba horas en su espléndida biblioteca leyendo a los clásicos griegos y latinos, y se rodeó de innumerables objetos llenos de belleza y lujo. Bebía los mejores vinos y adquiría obras de arte. Su hedonismo se volvió legendario. Durante un tiempo, Gilles de Rais fue un sibarita que embotó sus sentidos para adormecer el dolor por la muerte de Juana de Arco. Pero algo comenzó a ocurrir en la mente de Gilles de Rais. Sus lecturas se derivaron hacia el ocultismo y la alquimia. El satanismo lo sedujo y pronto se rodeó de extraños personajes que se encargaban de guiarlo hacia oscuros derroteros.



Alquimistas buscando la Piedra Filosofal


A Gilles lo había invadido el cansancio de la vida nómada, el hastío de los campamentos; se apresuró ciertamente a recogerse en una atmósfera pacífica junto a sus libros. La pasión por la alquimia le dominó por completo y abandonó todo por ella; eso lo condujo más tarde a la demonología. Esperaba obtener oro y salvarse así de una miseria que veía próxima, en un tiempo en que aún era rico. Fue hacía el año 1426, en el momento en que el dinero aún llenaba sus cofres, cuando intentó, por primera vez, conseguir la gran obra. Inclinado sobre las retortas en el castillo de Tiffauges trataba de conseguir el “Mercurio de los Filósofos”, la Piedra de la Sabiduría: buscó en el arsénico, en el mercurio ordinario, en el estaño, en las sales de vitriolo, de salitre y de nitro; en las esencias de la mercurial, de la celidonia y la verdolaga; en el vientre de los sapos en ayunas, en la orina humana, en la sangre menstrual y en la leche materna. Nunca halló nada.



El castillo de Tiffauges


En aquella época, el centro hermético estaba en París, donde los alquimistas se reunían bajo las bóvedas de Notre Dame y estudiaban los jeroglíficos del Osario de los Inocentes y del gran pórtico de Saintques de la Boucherie, en el que Nicolás Flamel había escrito, antes de su muerte, en cabalísticos emblemas, la preparación de la famosa piedra. El mariscal no podía viajar hasta París sin caer en poder de las tropas inglesas que bloqueaban los caminos. Optó por el medio más sencillo: llamó a los transmutadores más célebres y los instaló, con grandes comodidades, en el Castillo de Tiffauges.



Según los documentos de la época, mandó construir el horno de los alquimistas (el atanor, horno de combustión lenta similar a un alambique), comprar pelícanos, crisoles y retortas. Estableció los laboratorios en una de las alas de su castillo y se encerró en ella con Antonio de Palermo, François Lombard y Jean Petit, orfebre de París, quienes se dedicaron día y noche a la búsqueda de la Piedra Filosofal. No consiguieron nada; a falta de resultados positivos los herméticos desaparecieron y entonces llegó una increíble caterva de charlatanes. Llegaron de todas partes: de Bretaña, de Poitou, del Maine, solos o escoltados. Gilles de Sillé y Roger de Bricqueville, primos y amigos del mariscal, recorrieron los alrededores, buscando nuevos iniciados para Gilles de Rais, mientras un sacerdote de capilla, Eustache Blanchet, se fue a Italia, donde abundaban los manipuladores de metales. Sin descorazonarse, Gilles continuó con sus experiencias, todas fracasadas; terminó por creer que, decididamente, los magos tenían razón y que ningún descubrimiento es posible sin la ayuda de Satán.



Llegó entonces un brujo al castillo. Era un pregonero llamado Du Mesnil. Exigió a Gilles que firmara con su sangre una cédula en la que se comprometía a dar al Diablo todo lo que quisiera, excepto su vida y su alma. Y aunque, para ayudar el maleficio, Gilles de Rais consiente en que en la fiesta de Todos los Santos se cante en su capilla el Oficio de los Condenados, Satán no apareció. El mariscal comenzaba ya a dudar del poder de sus magos, cuando un suceso lo convenció. Un invocador, cuyo nombre se ha perdido, se reunió en una habitación del castillo con Gilles y de Sillé. Trazó en el suelo un gran círculo y ordenó a sus acompañantes que se metieran dentro. De Sillé rehusó; presa de un pánico inexplicable, se puso a temblar y murmuraba exorcismos en voz baja. Gilles de Rais, más atrevido, se mantuvo en el centro del círculo; pero, a los primeros conjuros, se estremeció y quiso hacer la señal de la cruz. El brujo le ordenó que no se moviera. Al cabo de un momento se sintió cogido por la nuca; se asustó, vaciló y suplicó a la Virgen que lo salvara. El evocador, furioso, le arrojó fuera del círculo; Gilles se escapó por la puerta corriendo y De Sillé lo hizo por la ventana; se encontraron abajo, asustados, porque del aposento donde estaba operando el mago salían fuertes lamentos. Se oyeron ruidos de espadas golpeando dura y apresuradamente en una coraza, luego unos gemidos, gritos de angustia, y las voces de un hombre al que estaban matando. Espantados, se quedan escuchando. Cuando cesó el estrépito volvieron, empujaron la puerta y hallaron al brujo tendido en el suelo, molido a golpes, con la frente destrozada en medio de un charco de sangre. Se lo llevaron; Gilles, lleno de piedad, le acostó en su propia cama, curó sus heridas y le hizo confesar, por miedo a que muriese. El hechicero permaneció varios días entre la vida y la muerte, pero terminó por restablecerse.








Gilles desesperaba ya por obtener del Diablo la receta de la Piedra Filosofal, cuando Eustache Blanchet le anunció su vuelta de Italia; llevaba al maestro de la magia florentina, al irresistible Evocador de los Demonios y las Larvas: François Prélati. Este dejó estupefacto a Gilles. Apenas tenía veintitrés años y era uno de los hombres más ingeniosos, eruditos y refinados de la época. Aún ninguno lo sabía, pero ambos comenzarían a ejecutar los crímenes que inscribirían el nombre de Gilles de Rais en la historia.



François Prélati nació en la diócesis de Lucca, en la Toscana. De ascendencia francesa, abrazó la carrera eclesiástica y entró en las órdenes. Pronto se interesó por la geomancia bajo la influencia de un médico florentino: Gianni de Fontanel. Ambos, según la leyenda, hicieron aparecer un buen número de demonios a cambio de algunas gallinas y golondrinas. Ante semejante poder, Eustache Blanchet se convenció que Prélati era el hombre necesario y lo presentó ante Gilles. No hay descripciones físicas de Prélati, tan solo se sabe que tenía entre veintidós y veinticuatro años de edad cuando llegó, el 14 de mayo, a las puertas del castillo de Tiffauges. Era políglota y un afamado conversador. Terminó siendo amante de Gilles de Rais. Ante la inevitable bancarrota del Mariscal, Prélati fingía ser el hombre enviado por la Providencia, aunque en realidad fue quien empujó a Gilles de Rais al crimen. Por tres veces, y para la obtención de riquezas y oro, Prélati convocó a un demonio llamado Barron en presencia de Gilles de Rais. Obviamente, el demonio no se presentó jamás ante ningún testigo, y parecía que solo se manifestaba caprichosamente ante Prélati cuando éste estaba solo. Prélati procedió repetidas veces a invocar a los demonios, pero nunca pasó lo que debía de pasar. De hecho, Prélati era más bien un farsante que se aprovechaba de la ingenuidad, de la necesidad imperiosa de Gilles de Rais para encontrar una solución a sus problemas financieros. El Mariscal se apasionó con ese hombre; los hornos apagados se encendieron de nuevo; ambos buscaron la piedra de la sabiduría que Prélati aseguraba haber visto: flexible, quebradiza, roja, oliendo a sal marina calcinada. Prélati también fue supuestamente golpeado por un demonio en un cuarto cerrado, y también tuvo que ser atendido por semanas de esas heridas. El místico que era Gilles de Rais terminó creyendo en la realidad del Diablo, después de haber presenciado tal escena.



Supuesta imagen de François Prelati


En el momento en que fracasaron las experiencias de la alquimia y las evocaciones diabólicas, Prélati, Blanchet, todos los alquimistas y los brujos que rodeaban al Mariscal, manifestaron que para atraer a Satán, hacía falta que Gilles de Rais le cediera el alma y la vida o que cometiera crímenes. Gilles se negó a enajenar su existencia y abandonar su alma al diablo, pero meditó sin horror en los asesinatos. Aquel hombre, que se había distinguido por su valor en los campos de batalla cuando acompañó y defendió a Juana de Arco en el nombre de Dios, ahora temblaba ante el Demonio, se asustaba al pensar en la vida eterna, al recordar a Cristo. Y lo mismo les ocurría a sus cómplices. Al mismo tiempo que aquellos alquimistas abandonaban sus impotentes hornillos, Gilles se entregó a espantosas orgías de bebidas y manjares.



Las mazmorras del Castillo de Tiffauges


El escritor J.K. Huysmans describe así el castillo de Gilles de Rais y sus fiestas: “Aquellos muros estaban revestidos con artesonado de madera de Irlanda, o con tapicería de cuadros históricos, labrados en oro con hilo de Arras, muy codiciado en aquella época. Había que pavimentar el suelo con ladrillos verdes y amarillos o baldosas blancas y negras; había que pintar la bóveda, estrellarla de oro de nuevo o sembrarla de ballestas en campo de azul, haciendo brillar en ella el escudo de oro y la heráldica cruz negra del mariscal. Los muebles se disponían por sí mismo en los aposentos en que Gilles y sus amigos se acostaban; aquí y allá, asientos señoriales con dosel, escabeles, ricas sillas, adosados en los tabiques, vasares en madera tallada, con bajorrelieves que representaban, en sus paneles, la Anunciación y la Adoración de los Reyes Magos, que cobijaban bajo los doseles de sus encajes pajizos las estatuas pintadas y doradas de Santa Ana, de Santa Margarita y Santa Catalina, tan frecuentemente reproducidas por los imagineros en los arcones de la Edad Media. Había que instalar cofres cubiertos de piel de cerdo, forrados y adornados con lujosos clavos, para la ropa blanca de repuesto y las túnicas, luego los baúles con adornos de metal y aplicaciones de pieles o telas trabajadas con engrudo, sobre las cuales destacaban rubicundos ángeles rubios reproducidos de temas miniados sobre escalones tapizados, vestirlos con sus sábanas de fino lienzo, con sus almohadas de puntas rizadas, partidas, perfumadas, con sus colchas, rematarlos con cielos tendidos en sus bastidores y rodearlos con cortinas adamascadas y bordadas con escudos de armas espolvoreadas de astros. También en las otras estancias había que reconstruir todo, ya que sólo conservaba los muros y las altas chimeneas de campana, con hogares espaciosos, vacíos de morillos y todavía calcinados por antiguos fuegos.



Moneda con la efigie de Gilles de Rais


“Había que imaginarse también los comedores, con aquellos terribles banquetes que Gilles deploró mientras se instruía su proceso en Nantes. Con lágrimas en los ojos confesó haber atizado con el fuego de los manjares la furia de sus sentidos. Se pueden restablecer con facilidad aquellas comidas que posteriormente rechazó, a la mesa con Eustache Blanchet, François Prélati, Gilles de Sille y todos sus fieles, en la alta sala donde los platos se colocaban en los aparadores, y a su lado, los aguamaniles perfumados con agua de níspero, de rosas, de melilotos, para la ablución de las manos. Gilles y sus amigos comían empanadas de buey, pasteles de salmón y de dorada, montones de conejillos gazapos, cientos de pajarillas, platos de salsas picantes y tortas pisanas, garzas reales, cigüeñas, grullas, pavos, alcaravanes y cisnes asados, venados en agraz, lampreas de Nantes; ensaladas de brionia, de lúpulo, de achicoria y de malva; platos ardientes sazonados con mejorana y macis, con cilandro y salvia, coI, peonía y romero perfumados y ácidos, que incitan el estómago induciéndole a beber; pastelería pesada, tartas de flor de saúco, arroces con leche espolvoreados de cinamomo, que necesitaban copiosos tragos cerveza y de jugo fermentado; vinos secos o curtidos, almendras y almizcle; licores salpicados con panículas enloquecedoras que fustigaban la lujuria de la conversación y hacían piafar a los convidados al final de la comida…”



No había mujeres en el castillo; Gilles las rechazaba. Pero perseguía a los monaguillos de su capilla, que había escogido más allá de sus tierras, a los pequeños “bellos como ángeles”. Fueron los únicos a quienes amó, los únicos a quienes perdonó en sus días de asesino. Según sus declaraciones, se limitaba a beber el semen de los monaguillos, a frotar su miembro contra el vientre de los niños y eyacular sobre ellos. Pero pronto se cansó de ello; necesitaba derramar sangre para satisfacerse. La primera víctima de Gilles fue un niño pequeño cuyo nombre se ignora. Le degolló, le cortó las manos, le arrancó el corazón, le sacó los ojos y lo llevó a la habitación de Prélati. Ambos lo ofrecieron al diablo con apasionadas letanías. Pero el diablo se quedó callado. Gilles, exasperado, huyó. Según confesaría tiempo después en el juicio de Gilles de Rais, Prélati envolvió los restos en una sábana y, temblando, fue por la noche a inhumarlos en tierra santa, junto a una capilla dedicada a San Vicente. Conservó la sangre, con la cual Gilles de Rais escribía sus fórmulas de invocación y sus libros de conjuros. Entre 1432 a 1440, es decir, durante los ocho años comprendidos entre el retiro militar del Mariscal y su muerte, los habitantes de Anjou, Poitou y Bretaña, erraron sollozando por los caminos. Todos los niños desaparecían. Los pequeños pastores eran raptados en los campos; las niñas que salían de la escuela, los muchachos que iban a jugar por las callejuelas o en los linderos de los bosques no regresaban. En el curso de una investigación que ordenó el duque de Bretaña, los escribas redactaron interminables listas de niños desaparecidos. Fueron centenares de nombres. Narraban además el dolor de las madres que interrogan a los viandantes en los caminos, los lamentos de las familias. Estas frases se repitieron una y otra vez. En todas partes donde se establecieron los osarios de Gilles, las mujeres lloraban. Al principio, el pueblo, asustado, lo atribuyó a las hadas malignas; a los genios maléficos que dispersan la prole, pero poco a poco, les asaltaron las sospechas. En cuanto el Mariscal se desplazaba, cuando iba de su fortaleza de Tiffauges al castillo de Champtocé, y de allí al castillo de la Suze o a Nantes, dejaba tras sus pasos estelas de desapariciones. Atravesaba un campo y al día siguiente faltaban niños. Con temor, los campesinos observaron también que por todas partes por donde pasaban Prélati, Roger de Bricqueville, Gilles de Sillé, todos los íntimos del mariscal, los niños desaparecían. Finalmente se dieron cuenta con horror de que una anciana, Perrine Martin, vestida de gris y con el rostro cubierto, rondaba por allí; se acercaba a los niños, que la seguían hasta el lindero del bosque, donde unos hombres los amordazaban y se los llevaban en sacos. Y el pueblo, espantado, llamó a aquella proveedora de carne “La Meffraye”, nombre de un ave de presa.



Mapa de las posesiones de Gilles de Rais


Gilles de Rais sólo secuestraba niños. Todos tenían entre siete y catorce años. Sus enviados explicaban que el gran barón, el héroe que había liberado Francia peleando junto a una Santa, iba a enviarlos al extranjero para que recibieran una educación adecuada. Si los padres no estaban presentes, los cómplices se limitaban a secuestrar a los niños mientras jugaban en las calles. Aparte de las víctimas que le conseguían sus ayudantes, se instalaba en las ventanas del castillo y cuando los mendigos jóvenes, atraídos por la fama de su generosidad, acudían a pedir limosna, los escogía con la mirada, hacía subir a aquellos que le gustaban y los arrojaba a una mazmorra, hasta que sentía deseos sexuales. Al anochecer, cuando sus sentidos estaban excitados, Gilles de Rais y sus amigos se retiraban a una habitación apartada del castillo. Allí llevaban a los niños encerrados en los sótanos. Los desnudaban y los amordazaban; el Mariscal también se desnudaba; luego los violaba, cortándoles después con la daga, complaciéndose en desmembrarlos vivos poco a poco. Otras veces les abría el pecho con su daga y bebía el aliento de sus pulmones; les rasgaba también el vientre y lo olfateaba, agrandando con sus manos la herida, y se sentaba dentro. Entonces, mientras se frotaba con los excrementos escapados de los intestinos de los niños, se volvía un poco y miraba por encima del hombro, para contemplar las convulsiones, los últimos espasmos. Él mismo declararía: “Me sentía más contento gozando con las torturas, las lágrimas, el espanto y la sangre, que con cualquier otro placer”. Después se cansó de los deleites fecales. Un pasaje del proceso informa que “dicho señor se excitaba con muchachos, algunas veces con chiquillas, con las que cohabitaba abriéndoles un agujero en el vientre y aseguraba que le causaba más placer y menos trabajo que por la vía natural”. Después de lo cual les serraba lentamente la garganta para penetrarlos por las abiertas heridas del cuello, empapándose de sangre y eyaculando allí. A un niño llegó a vaciarle los ojos y romperle parte del hueso para después, mientras su víctima daba alaridos de dolor, penetrarlo por las cuencas vacías y sangrantes. Luego colocaba el cadáver, las sábanas, las ropas, en el brasero del hogar de la chimenea, lleno de madera y hojas secas, y arrojaba las cenizas a las letrinas, al viento desde lo alto de una torre, y a los fosos y las zanjas.



Cadáveres de niños muertos por Gilles de Rais


La necrofilia se apoderó después de él. Violaba a los niños muertos. También, tras torturar y destazar vivas a sus víctimas, apilaba los miembros cercenados en un salón, como si fueran troncos. Besaba, con gritos de entusiasmo, los trozos de sus víctimas, establecía concursos de belleza sepulcral y, cuando una de aquellas cabezas cortadas obtenía el premio por ser la más hermosa, la levantaba por los cabellos y besaba sus labios fríos y ensangrentados. También bebía la sangre de los niños asesinados. El vampirismo le satisfizo durante unos meses. Un día en que se agotó la provisión de niños, destripó a una mujer embarazada para manosear el feto. Después de esto caía, agotado, en profundos sopores. Practicaba además una especie de juego perverso con algunos de los niños. Cuando uno de ellos era llevado a su aposento, Prélati y Sillé lo desnudaban, lo colgaban de un gancho fijo en la pared, lo golpeaban repetidas veces en el vientre y en las piernas y, en el momento en que el niño estaba a punto de desmayarse, Gilles entraba al cuarto, ordenaba con enojo que lo liberaran de la cuerda y cogía al pequeño con sumo cuidado. Curaba sus heridas, lo ponía sobre sus rodillas, lo reanimaba, enjugaba sus lágrimas y le decía señalándole a sus cómplices: “Estos hombres son malvados, pero me obedecen. No tengas miedo. Voy a llevarte al lado de tu madre”. Y cuando el niño, llorando y presa de la alegría le daba las gracias y le rogaba que lo devolviera con su familia, él le cortaba suavemente el cuello por detrás. Según la propia expresión de Gilles de Rais, "lo ponía lánguido". Cortaba sin importarle los gritos del niño hasta que su cabeza, un poco separada del tronco, colgaba hacia adelante entre chorros de sangre. Él tomaba entonces con brusquedad el cuerpo, le daba la vuelta y lo violaba rugiendo, según los testimonios de sus compañeros. Durante todo el proceso, el niño continuaba vivo, aunque el corte lo había dejado paralítico. Al terminar, cortaba un poco más, hasta llegar a la médula espinal, y el niño moría asfixiado lentamente. Para entonces, Gilles y sus amigos ya se habían ido del cuarto, apagando las luces, y lo dejaban allí para que muriera solo en la oscuridad. Tras estos espeluznantes juegos, le manifestaba a sus amigos: “No hay nadie que se atreva a hacer lo que yo hago. He nacido bajo tal estrella, que nadie en el mundo ha hecho ni podrá hacer jamás lo que yo hice”. El valiente militar, el hombre que acompañó a Juana de Arco y comulgaba cada mañana acompañado de una santa, el joven que había sido nombrado Mariscal de Francia, era un despiadado infanticida y cometía en su castillo las peores atrocidades. Los textos de la época calculan de setecientas a ochocientas víctimas, pero el número parece inexacto. Regiones enteras fueron devastadas; la aldea de Tiffauges dejó de tener niños; la Suze carecía también de ellos. En el Castillo de Champtocé, el foso de una torre estaba lleno de cadáveres. Un testigo citado en la investigación, Guillaume Hylairet, declaró “que ha oído decir a un sujeto llamado Du Jardin que había encontrado en dicho castillo una cisterna completamente llena de niños muertos”. Todavía a comienzos del siglo XX, en Tiffauges, un médico descubrió una mazmorra y extrajo de ella montones de cabezas y de huesos.



Entonces el remordimiento lo invadió. Vivió expiatorias noches, asediado por fantasmas y aullando a la muerte como una bestia. Aparecía corriendo por los lugares más solitarios del castillo mientras se mesaba los cabellos y se arrancaba mechones. Lloraba, se arrodillaba, juraba a Dios que haría penitencia, y prometió crear fundaciones piadosas. Instituyó en Machecoul una Colegiata en honor a los Santos Inocentes; habló de encerrarse en un claustro, de ir a Jerusalén mendigando su pan. Pero esos episodios de arrepentimiento duraban poco. Cuando la lujuria volvía a invadirlo, pedía que le llevaran más niños. Tomaba a alguno de ellos, lo desnudaba y luego le hundía los dedos en los ojos, reventándolos, revolviendo con sus dedos los globos oculares. Luego lamía los pedazos. Tomaba después un garrote de espinos y golpeaba la cabeza del niño, hasta que el cráneo se reventaba y el cerebro salía. Entonces Gilles de Rais rechinaba los dientes y soltaba una carcajada. Devoraba parte del cerebro y luego, como una bestia acorralada, huía a los bosques, mientras sus ayudantes lavaban el suelo y se desembarazaban del cadáver. Vagaba por horas en los bosques que rodeaban Tiffauges. Sollozaba mientras caminaba. La gente de las aldeas veía pasar al enloquecido Gilles de Rais y lo habían bautizado como “Barba Azul”, a causa de su negrísima y lustrosa barba, que daba tintes azulados de tan oscura. No se atrevían a enfrentar a su señor y, por otra parte, el rey y los nobles no tenían interés en defender a los niños muertos, que eran hijos de campesinos y labriegos y cuyas vidas eran propiedad de su amo.








Fue Juan de Malestroit, Obispo de Nantes, quien decidió enfrentar al homicida. Pertenecía a un linaje ilustre. Era pariente cercano de Juan V y su piedad y sentido de la justicia le hacían ser admirado incluso por el propio Duque. Los lamentos de los campos diezmados por Gilles de Rais habían llegado hasta él; silenciosamente comenzó una investigación. Y Gilles cometió un inexplicable atentado que permitió al Obispo cazarle. Para reparar los daños de su fortuna, Gilles vende sus posesiones de Saint-Etienne-de-Mer-Morte a un súbdito de Juan V, Guillaume le Farron, quien delega en su hermano Jean le Ferron para tomar posesión de los dominios. Unos días después, el Mariscal reúne a doscientos hombres en su casa militar y los dirige, con él a la cabeza, a Saint-Etienne. Allí, el día de Pentecostés, mientras el pueblo reunido escucha la Santa Misa, Gilles se precipita espada en mano a la iglesia, barre con un gesto las filas tumultuosas de los fieles y, ante el desconcertado sacerdote, amenaza con degollar a Jean le Ferron, que está rezando. La ceremonia se interrumpe, los asistentes emprenden la huida. Gilles arrastra a Jean Le Ferron, que pide clemencia, hasta el castillo, ordena que se baje el puente levadizo y por la fuerza ocupa la plaza, mientras su prisionero es llevado a Tiffauges y arrojado al fondo de la prisión. De un solo golpe acaba de violar la costumbre de Bretaña, que prohibía a todo barón levantar tropas sin el consentimiento del Duque, y de cometer un doble sacrilegio profanando una capilla y apoderándose de Juan le Ferron, clérigo tonsurado de la Iglesia. El obispo se entera e insta a Juan V, que todavía duda, a marchar contra el rebelde. Mientras un ejército avanza sobre el castillo de Saint-Etienne, que Gilles abandona para refugiarse con su tropa en la fortaleza de Machecoul, otro ejército pone sitio a Tiffauges. Durante este tiempo, el prelado apresura las investigaciones. Desarrolla una extraordinaria actividad, envía comisarios y procuradores a todos los pueblos donde han desaparecido niños; él mismo abandona su palacio de Nantes, recorre los campos, recoge las declaraciones de las víctimas. El pueblo habla y le suplica de rodillas su protección. Indignado por los atroces hechos que le revelan, el obispo le jura a la gente que hará justicia. Un mes ha bastado para que todos los informes estén terminados. Por medio de cartas declara públicamente la infamatio de Gilles de Rais y después, cuando agota las fórmulas del procedimiento canónico, libera una orden de arresto. En este documento redactado en forma de mandamiento y dado en Nantes el 13 de septiembre de 1440, recuerda los crímenes imputados al Mariscal; luego, en un estilo enérgico, conmina a su diócesis a luchar contra el asesino y sacarle de su escondite: “Así por las presentes cartas, Nos, ordenamos a todos y cada uno de vosotros en particular, que citéis inmediatamente y de manera definitiva, sin contar uno por otro, sin delegar este encargo en otro, ante Nos o ante el oficial de nuestra iglesia catedral, el lunes de la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el 19 de septiembre, a Gilles, noble barón de Rais, sometido a nuestra autoridad y dependiente de nuestra jurisdicción y citámonos Nos mismo, por estas cartas, a comparecer ante nuestro tribunal para responder de los crímenes que pesan sobre él. Ejecutad, pues, estas órdenes y que cada uno de vosotros las haga cumplir”.



Al día siguiente, el capitán de armas Jean Labbe, actuando en nombre del Duque, y Robin Guillaumet, notario, actuando en nombre del Obispo, se presentaron, escoltados por una pequeña tropa, ante el castillo de Machecoul. Gilles, demasiado débil para mantenerse a campo abierto, puede defenderse tras las fortificaciones que le protegen. Sin embargo, se rinde sin oponer resistencia. Roger de Bricqueville y Gilles de Sillé, sus consejeros habituales, emprenden la huida. Se queda sólo con François Prélati, quien trata también en vano de salvarse. Pero es inútil: lo cargan de cadenas lo mismo que a Gilles de Rais. Robin Guillaumet y sus guardias revisan la fortaleza de arriba a abajo. Descubre en ella camisetas ensangrentadas, huesos mal calcinados, cenizas que Prélati no tuvo tiempo de arrojar a las letrinas y los fosos. Hay pequeños miembros cercenados, cabezas cortadas de incontables niños, un hedor a sangre, putrefacción y excremento que todo lo impregna. En medio de maldiciones y gritos de horror que brotan a su alrededor, Gilles y sus servidores son conducidos a Nantes y encarcelados en el castillo de la Tour Neuve. Tan pronto como Gilles y sus cómplices fueron encarcelados se organizaron dos tribunales: uno, eclesiástico, para juzgar los crímenes que atañían a la Iglesia; otro, civil, para juzgar los que eran de la incumbencia del Estado. El tribunal civil que asistió a los debates eclesiásticos se inhibió completamente en esta causa; no hizo, desde el punto de vista legal, sino una pequeña contrainvestigación, pero pronunció la sentencia de muerte que la Iglesia no estaba autorizada a proferir en razón del viejo adagio Eclesia abhorret a sanguine. Los procedimientos eclesiásticos duraron un mes y ocho días; los procedimientos civiles, cuarenta y ocho horas.



Jean de Malestroit preside las audiencias; escoge como asesores a los obispos de Mans, de Saint-Brieuc y de Saint-Ló; luego, además de estos altos dignatarios, se rodea de un grupo de juristas que se turnan en las interminables sesiones del proceso. Los nombres de la mayoría de ellos figuran en las actas del proceso y son Guillaume de Montigné, abogado del tribunal secular; Jean Blanchet, bachiller en leyes; Guillaume Groyguet y Robert de la Riviere, licenciados en utroque jure; Hervé Lévi, senescal de Quimper; y Pierre de I'Hópital, canciller de Bretaña, que debe presidir los debates civiles. El Promotor, que hacía entonces el oficio de Ministerio Público, fue Guillaume Chapeiron, cura de Saintlas, hombre elocuente y astuto. Finalmente, al lado de la jurisdicción episcopal, la Iglesia había instituido el Tribunal Extraordinario de la Inquisición para la represión del crimen de herejía que comprendía entonces el perjurio, la blasfemia y el sacrilegio: todos los crímenes de la magia negra. Constituido el tribunal, el proceso se abre por la mañana porque, según la costumbre de la época, los jueces y los testigos deben estar en ayunas. Se escuchan los relatos de los padres de las víctimas y Robin Guillaumet, el mismo que apresó al Mariscal en Machecoul, en funciones de ujier, da lectura a la citación de comparecencia de Gilles de Rais. Se presenta y declara desdeñosamente que no acepta la competencia del Tribunal; pero de acuerdo con el procedimiento canónico, “para que por este medio la corrección del maleficio no sea impedida”, el Promotor rechaza al instante la declinatoria, como “nula en derecho y fútil”. Comienza a leer al inculpado los cargos de la acusación levantada contra él; Gilles de Rais grita que el Promotor es un mentiroso y un traidor. Entonces Guillaume Chapeiron extiende el brazo hacia el crucifijo que preside el juicio, jura que dice la verdad e invita al Mariscal a presentar el mismo juramento. Pero Gilles pierde la serenidad, rehúsa cometer perjurio ante Dios, y la sesión se levanta entre la algarabía de los ultrajes que Gilles vocifera contra el Promotor. Finalizados estos preliminares, unos días después comienzan los debates públicos.



El acta de acusación, redactada en forma de requisitoria, es leída en voz alta ante el acusado y ante el pueblo, que tiembla cuando Chapeiron enumera los crímenes, uno a uno, pacientemente. Acusa formalmente al Mariscal de haber mancillado, torturado y asesinado niños; de haber practicado la brujería y la magia; de haber violado en Saint-Etienne de Mer-Morte la inmunidad de la Santa Iglesia. Tras una pausa reanuda su discurso y, dejando a un lado los muertos, sin mencionar los crímenes cuyo castigo, previsto por el derecho canónico, podía ser pronunciado por la Iglesia, pide que GiIles de Rais sea castigado con la doble excomunión: primero como evocador de demonios, herético, apóstata y relapso; después, como sodomita y sacrílego. Gilles, que ha escuchado la tumultuosa y apretada requisitoria, áspera y dura, se exaspera. Insulta a los jueces, los acusa de “simoníacos y ribaldos” y se niega a responder a las preguntas que se le formulan. El Promotor y los asesores no se dejan impresionar; le invitan a que presente su defensa. De nuevo les recusa, les ultraja, pero después, cuando tiene que refutarlos, permanece mudo. Entonces el obispo y los viceinquisidores le declaran contumaz y pronuncian contra él la sentencia de excomunión que enseguida se hace pública. Deciden también que los debates proseguirán al otro día.



A la mañana siguiente del día en que profirió tan furiosas imprecaciones contra el Tribunal, Gilles de Rais compareció de nuevo ante los jueces. Se presentó con la cabeza baja y las manos juntas. Una vez más iba de un extremo a otro; habían bastado unas horas para aplacar al energúmeno quien declaró reconocer los poderes de los magistrados y pidió perdón por sus ultrajes. Le aseguraron que, por amor a Dios, olvidaban sus injurias y ante sus ruegos, el Obispo y el Inquisidor anularon la sentencia de excomunión que le habían impuesto la víspera. Esta audiencia y otras más se emplearon en la comparecencia de François Prélati y sus cómplices; luego, apoyándose en el texto eclesiástico que atestigua no poderse contentar con la confesión si es “dubia, vaga, generalis, illativa, jocosa", el Promotor aseguró que, para certificar la sinceridad de sus declaraciones, Gilles debía ser sometido a la “cuestión canónica”, es decir, a la tortura. El Mariscal suplicó al obispo que esperase al día siguiente y reclamó el derecho de confesar primero, con los jueces que el Tribunal tuviese a bien designar, jurando que a continuación, renovaría sus declaraciones ante el público y ante el Tribunal. Jean de Malestroit accedió a esta petición y el obispo de Saint Brieuc y Pierre de I'Hópital, canciller de Bretaña, se encargaron de oír en confesión a Gilles en su celda. Cuando terminó el relato de sus desenfrenos y asesinatos, ordenaron que trajesen a Prélati. Al verlo, Gilles de Rais estalló en sollozos y cuando, después del interrogatorio, se disponían a conducir al italiano a su celda, le abrazó diciendo: “Adiós, François, amigo mío, nunca volveremos a encontrarnos en este mundo. Pido a Dios que te dé paciencia y conocimiento y estoy seguro de que, si tienes paciencia y esperanza en Dios, nos volveremos a ver con gran alegría en el Paraíso. Ruega a Dios por mí y yo rogaré por ti”. Le dejaron solo para que meditase en los crímenes que debía confesar, públicamente en la audiencia, al día siguiente. Fue ése el día solemne del proceso. La sala, donde se hallaba el Tribunal, rebosaba gente y la multitud, comprimida en las escaleras, colmaba los patios, llenaba las callejuelas vecinas, atestaba las calles. Los campesinos habían acudido de veinte leguas a la redonda para ver a “Barba Azul”, la famosa fiera ante cuyo nombre, antes de su captura, se cerraban las puertas en las temblorosas veladas en que las mujeres lloraban en voz baja. El Tribunal iba a reunirse en pleno. Los asesores que de ordinario se reemplazaban durante las largas sesiones, estaban presentes. La oscura sala estaba sostenida por pesados pilares románicos. Las trompetas sonaron, la sala se iluminó, los obispos hicieron su entrada en silenciosa procesión. Los obispos se sentaron en la primera fila y rodearon inmóviles a Jean de Malestroit que, desde un sitial más alto, dominaba la sala. Después, con una escolta de soldados, hizo su entrada Gilles de Rais. Estaba macilento y temblaba. Tras los prolegómenos, comenzó el relato de sus crímenes.



Con voz sorda, secándose las lágrimas, narró los raptos de niños, sus tácticas, sus juegos crueles, sus violentos asesinatos, sus implacables violaciones; describió haberse tendido en los intestinos; confesó haber arrancado corazones a través de heridas ensanchadas. Y todo el tiempo se miraba los dedos, que sacudía como para dejar gotear la sangre. Los presentes en la sala, aterrados, guardaban un pesado silencio que algunos breves gritos rompían, de pronto; y muchos se llevaban a mujeres que se desmayaban ante las historias truculentas del Mariscal. Pero él parecía no oír nada, no ver nada; continuaba recitando la letanía de sus crímenes. Después su voz se hizo más ronca. Narraba sus episodios de necrofilia y el suplicio de los niños que engañaba para cortarles el cuello. Divulgaba todos los detalles. Sobre ese momento, J.K. Huysmans escribe: “Fue tan terrible, tan atroz que, bajo sus capas de oro, los obispos temblaron; sacerdotes templados en el fuego de las confesiones; jueces que en tiempos de endemoniados y asesinos habían oído las más terribles declaraciones; prelados a los que ningún crimen, ninguna abyección de los sentidos, ningún estiércol del alma asustaba, se persignaron. Y Jean de Malestroit se volvió y tapó por pudor el rostro de Cristo. Luego, todos bajaron la frente y, sin pronunciar palabra, escucharon al Mariscal que con la cara trastornada, empapada en sudor, miraba al crucifijo, cuya invisible cabeza, con su corona erizada de espinas, levantaba el velo. Y alcanzado por la gracia, en un grito de horror y alegría, había convertido súbitamente su alma; la había lavado con sus lágrimas, la había secado con el fuego de sus torrenciales oraciones, con la llama de sus locos impulsos; renegaba del carnicero de Sodoma y reaparecía el compañero de Juana de Arco, el místico cuya alma volaba hacia Dios entre oraciones balbuceadas y mares de lágrimas”.



Carta de juego basada en Gilles de Rais


Gilles declaró ante el Tribunal y el pueblo: “Yo, Gilles de Rais, confieso que todo de lo que se me acusa es verdad. Es cierto que he cometido las más repugnantes ofensas contra muchos seres inocentes, niños y niñas, y que en el curso de muchos años he raptado o hecho raptar a un gran número de ellos. Aún más vergonzosamente he de confesar que no recuerdo el número exacto y que los he matado con mi propia mano o hecho que otros los mataran, y que he cometido con ellos muchos crímenes y pecados. En todas estas viles acciones yo fui la fuerza principal (…) Confieso que maté a esos niños y niñas de distintas maneras y haciendo uso de diferentes métodos de tortura: a algunos les separé la cabeza del cuerpo, utilizando dagas y cuchillos; con otros usé palos y otros instrumentos de azote, dándoles en la cabeza golpes violentos; a otros los até con cuerdas y sogas, y los colgué de puertas y vigas hasta que se ahogaron. Confieso que experimenté placer en herirlos y matarlos así. Gozaba en destruir la inocencia y en profanar la virginidad. Sentía un gran deleite al estrangular a niños de corta edad, incluso cuando esos niños descubrían los primeros placeres y dolores de su carne inocente. Me gustaba meter mi miembro viril en los culos de las niñas que no sabían todavía para qué servían sus otras partes. Dejé que mi semen impregnara los cuerpos de estos niños y niñas hasta cuando estaban agonizando. Éste no es el final de mis execrables crímenes. Siempre me he deleitado con la agonía y con la muerte. A aquellos niños de cuyos cuerpos abusé cuando estaban vivos, los profané una vez muertos. Después de que hubieran muerto, gozaba a menudo besándolos en los labios, mirando fijamente los rostros de los que eran más bellos y jugueteando con los miembros de los que estaban mejor formados. También abrí cruelmente los cuerpos de aquellos pobres niños o hice que los abrieran en canal a fin de poder ver lo que tenían dentro. Al hacer esto mi único motivo era mi propio placer. Codiciaba y deseaba carnalmente su inocencia y su muerte. Con frecuencia, he de confesar, y mientras esos niños estaban muriendo, yo me sentaba sobre sus estómagos y experimentaba gran placer en oír sus estertores de agonía. Me gustaba que un niño muriera debajo de mi cuerpo, u observar como uno de mis criados cometía actos de sodomía con un niño o una niña y lo mataba después. Solía reírme a carcajadas a la vista de un espectáculo así (…) Ordenaba que Griart, Corillaut y los otros convirtieran después en cenizas los cadáveres de mis víctimas (…) Me gustaba ver correr la sangre, me proporcionaba un gran placer. Recuerdo que desde mi infancia los más grandes placeres me parecían terribles. Es decir, el Apocalipsis era lo único que me interesaba. Creí en el infierno antes de poder creer en el cielo. Uno se cansa y aburre de lo ordinario. Empecé matando porque estaba aburrido y continué haciéndolo porque me gustaba desahogar mis energías. En el campo de batalla el hombre nunca desobedece y la tierra toda empapada de sangre es como un inmenso altar en el cual todo lo que tiene vida se inmola interminablemente, hasta la misma muerte de la muerte en sí. La muerte se convirtió en mi divinidad, mi sagrada y absoluta belleza. He estado viviendo con la muerte desde que me di cuenta de que podía respirar. Mi juego por excelencia es imaginarme muerto y roído por los gusanos. Yo soy una de esas personas para quienes todo lo relacionado con la muerte y el sufrimiento tiene una atracción dulce y misteriosa, una fuerza terrible que empuja hacia abajo. Si lo pudiera describir o expresar, probablemente no habría pecado nunca. Yo hice lo que otros hombres sueñan. Yo soy vuestra pesadilla”.








Gilles acabó su relato y se produjo una sensación de alivio; hasta entonces había permanecido de pie, hablando a borbotones. Cuando terminó, se derrumbó y sollozando gritó: “¡Oh Dios, Redentor mío, os pido misericordia y perdón!” Después volvió la cara hacia la gente del pueblo a cuyos hijos había destrozado y les dijo llorando: “¡Vosotros, los padres de los que tan cruelmente he asesinado, dadme el socorro de vuestras piadosas oraciones! Vosotros que estáis presentes, vosotros, sobre todo, a los cuales he masacrado los niños, yo soy vuestro hermano, hijo de Cristo. Por pasión por Nuestro Señor, os imploro, rogad por mí. Perdonad de todo corazón el mal que os he hecho, como vosotros esperáis la piedad y el perdón de Dios". Jean de Malestroit dejó su asiento y levantó al acusado que, desesperado, golpeaba las losas del piso con la frente; abrazó fuertemente al culpable que se arrepentía y lloraba su falta. Jean de Malestroit dijo a Gilles, de pie, con la cabeza apoyada en el pecho: “¡Reza para que la justa y espantosa cólera del Altísimo se aplaque, llora para que las lágrimas purguen los locos entresijos de tu ser!” Y la sala entera se arrodilló y lloró por el asesino. Cuando se acabaron las oraciones, hubo un instante de enloquecimiento y confusión. El Tribunal, silencioso y enervado, se recompuso. Con un gesto, el Promotor detuvo las discusiones. Dijo que los crímenes eran “claros y evidentes”, que las pruebas eran manifiestas, que el Tribunal podía ahora “en alma y conciencia castigar al culpable” y pidió que se fijara el día de la sentencia. El Tribunal lo señaló para dos días después. Se le imputaron ciento cuarenta asesinatos, aunque muchos opinaban que era autor de más de doscientos. Investigadores de los siglos posteriores elevarían esa cifra hasta mil niños asesinados. Ese día el oficial de la iglesia de Nantes, Jacques de Pentcoetdic, leyó una tras otra las dos sentencias; la primera dada por el Obispo y el Inquisidor sobre los hechos pertenecientes a su común jurisdicción afirmaba: “Invocado el Santo nombre de Cristo, Nos, Jean, Obispo de Nantes, y el hermano Jean Blouyn, bachiller de nuestras Sagradas Escrituras, de la Orden de los Hermanos Predicadores de Nantes y delegado del Inquisidor de la Herejía para la ciudad y diócesis de Nantes, en sesión del Tribunal y teniendo ante los ojos sólo a Dios declaran que el Mariscal de Rais es condenado a ser colgado y quemado vivo”.



Tras escuchar la sentencia, Gilles de Rais pensó en sus amigos; quiso que también ellos muriesen en estado de gracia. Pidió al Obispo de Nantes que fuesen ejecutados no antes ni después, sino al mismo tiempo que él. Como era el más culpable, afirmó, debía cuidar de su salud espiritual, asistirles en el momento de subir a la hoguera. Jean de Malestroit accedió a esta súplica. Llevado de nuevo al calabozo después del juicio, dirigió una última súplica al obispo Jean de Malestroit. Le rogó que intercediera ante los padres y madres de los niños que tan ferozmente había violado, torturado y matado, para que accedieran a asistirle en el suplicio. Asombrosamente, la gente sollozó de piedad: ya no vio en aquel señor demoníaco sino a un pobre hombre que lloraba sus crímenes y que iba a afrontar la muerte. Y el día de la ejecución, desde las nueve de la mañana, una multitud recorrió la ciudad en una larga procesión. Cantó salmos en las calles y se comprometió, bajo juramento en las iglesias, a ayunar durante tres días para intentar asegurar, por ese medio, el reposo del alma de Gilles de Rais. A las once, fue a buscarlo a la prisión y le acompañó hasta la pradera de la Biesse, donde se levantaban altas piras, coronadas de horcas. El Mariscal sostenía a sus cómplices, los abrazaba, los exhortaba a tener “gran dolor y contrición por sus fechorías” y, golpeándose el pecho, suplicaba a la Virgen que les perdonase, mientras el clero y el pueblo salmodiaban las siniestras e implorantes estrofas del Oficio de Difuntos: “Nos timemus diem judici Quia maliaet nobis concili Sed tu, Mater summi concili Para nobis locum refugi, Oh Maria, Tanc iratus Judex”. Gilles de Rais, ya en el patíbulo, cantó un "De Profundis" con voz sonora y fuerte. Exhaló luego un gemido y añadió: "Demos gracias a Dios por este signo manifiesto de su amor", y continuó rezando de rodillas. De inmediato, todo el gentío se arrodilló y rezó con él. Sentado sobre un taburete, con las manos atadas y el nudo de la cuerda al cuello, el verdugo encendió la hoguera que se encontraba debajo de él, en el justo momento en que le quitaban el asiento. Gilles de Rais quedó colgando, en medio de los espasmos del ahorcamiento. Pero entonces la cuerda se rompió y el Mariscal, agonizante, cayó sobre la hoguera. Allí murió mientras los jueces, los padres y centenares de niños, derramaban muchas lágrimas por él. Sus camaradas y cómplices le siguieron poco después al patíbulo. Pero por ellos nadie lloró. Sus cenizas fueron reclamadas por sus parientes. Fue enterrado en una iglesia de los Carmelitas Descalzos en Nantes. Sus bienes fueron confiscados en beneficio del duque de Bretaña y de la Iglesia.



La ejecución de Gilles de Rais


Con los siglos, la figura de Gilles de Rais se convirtió en una leyenda oscura e inspiró al personaje "Barba Azul". Su historia fascinó a pintores, músicos, cineastas y escritores como Béla Bartók, Charles Perrault, Georges Bataille, Joris Karl Huysmans, Mallarmé, Thomas Mann y Mario Vargas Llosa. El cineasta Pier Paolo Pasolini planeaba rodar su historia cuando fue asesinado. Bataille lo definió como "un niño con poder" y de poseer "una monstruosidad esencialmente infantil". Otros asesinos legendarios vendrían después de él: Vlad Tepes “El Empalador” y Erzebeth de Bathory “La Condesa Sangrienta”. Pero Gilles de Rais, “Barba Azul”, fue quien marcó una época y con sus crímenes escribió con sangre su nombre en la historia del mundo.



VIDEOGRAFÍA:

Opereta animada con títeres sobre Gilles de Rais
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Juana de Arco (traileres)
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“Ameno” - Era
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BIBLIOGRAFÍA:

























FILMOGRAFÍA:





DISCOGRAFÍA:

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